Último día en Erbil y un paseo por Estambul: crónica de un viaje por Oriente

Último día en Erbil y una caminata por Estambul

Silenciosamente, pero de forma efectiva, Erbil se le introduce a uno en el cuerpo y en la memoria. Y resulta difícil explicar qué aspecto es el determinante de ese enamoramiento parcial que uno siente a veces con ciertos lugares. Seguramente, se trate a una combinación de aspectos: la mezcla de interminable barullo y muchedumbre en la zona que rodea la ciudadela, sus abarrotados bazar y plaza principal, y la tranquilidad y seguridad con la que uno puede moverse a cualquier hora en la ciudad; o el sabor del café acompañado de una buena conversación con mi amigo J. en el hotel en que me alojaba, o con H. en su cafetería; o los zumos de fruta fresca, el ayran, los sawharma de pollo consumidos en las apretujadas mesitas del restaurante Cocktail; o quizás los helados iranís en el populoso barrio de Bakhtiari junto con M. y sus amigos; o, posiblemente, los retazos de conversaciones con las gentes del lugar y los cruces de palabras con los Peshmerga; o la ciudadela, en su colina, presidiendo toda la actividad de la ciudad.

Comoquiera, el camino nocturno al aeropuerto de Erbil era una mezcla de recuerdos todavía a medio digerir y de nostalgia adelantada. A medida que uno deja atrás la ciudad vieja y se adentra en la parte nueva de la capital, a medida que empiezan a aparecer avenidas y edificios más grandes, la personalidad de Erbil comienza a desvanecerse para transformarse, simplemente, en una ciudad más.

Por fortuna, el aeropuerto está muy cerca de la ciudad, aunque no se puede alcanzar a pie, porque no está permitido. Por fortuna también, el amable oficial que no me dejaba proseguir a pie mi camino, me hizo subir a un taxi para cubrir el último medio kilómetro que me faltaba para llegar.

Y a partir de ahí, solo me quedaba un vuelo relativamente corto hasta Estambul, posiblemente, una de las ciudades más hermosas del planeta.

Un largo paseo por Estambul

Me había reservado un día y una noche completos en Estambul, una ciudad por la que me encanta pasear. A mi llegada al aeropuerto de Sabiha Gökçen, en la parte asiática de la ciudad, en lugar de tomar el autobús que lleva directamente hasta la plaza Taksim, en el corazón de la ciudad nueva, decidí pasearme por la parte oriental de la capital y cruzar el mar de Mármara en la desembocadura del Bósforo.

Obviamente, así el trayecto se hace mucho más largo, pero permite visitar someramente el barrio residencial de Kadiköy, con su atmósfera completamente diferente de las partes más famosas de la ciudad, en gran medida debido a la total ausencia de turistas en la zona. Permite también obtener unas vistas impresionantes sobre la desembocadura del Bósforo, y de la ciudad antigua, en la que destaca Topkapi, unida, como por un cordón umbilical mediante el puente de Gálata a la moderna Taskim, en la que, desde el s. IV, preside la emblemática torre de Gálata.

El viaje es breve, tranquilo y muy hermoso, y muestra una parte de esa magia que posee Estambul y que consiste en integrar historia, modernidad, naturaleza y ritmo vital en una sola ciudad.

El desembarco en Eminönü presenta una ocasión de oro para empezar a internarse en la ciudad antigua, especialmente si uno se aloja cerca de la mezquita de Cadirci Ahmet Celebi, una joya del s. XVI que domina el barrio de Kumkapi, ubicado de forma muy conveniente para pasear por Estambul.











Como todas las ciudades populares y turísticas, Estambul ha cambiado enormemente en el último par de décadas. La sempiterna presencia de los turistas se hace notar por doquier: en la uniformidad de los menús, en los precios (baklavas entre 3 y 5 veces más caros que los de Gaziantep, por poner un ejemplo), en la presencia de cafés “modernos” en los que, al igual que en el resto del mundo, uno puede beber café “de especialidad” -horrible traducción-, como por ejemplo un flat white, pero en los que es imposible degustar ya un sabroso café turco, en las colas delante de los monumentos famosos (es memorable la que se forma para acceder a la ya mencionada Torre de Gálata), en los souvenirs prefabricados, en el agotamiento de los vendedores del Gran Bazar, aburridos por su propia letanía repetida a modo de penitencia y en las hordas de turistas que se pasean por la calle İstiklal.

A pesar de todo, la enorme substancia de la ciudad continúa imponiéndose por encima de esa experiencia aguada y desvirtuada: con la belleza de su errático trazado urbano, su actividad imparable, las diferentes capas de historia que adornan la ciudad, el constante olor a comida, sus dos mares, sus almuecines, su miríada de mezquitas y sus diversos mercados.

Y es con esa mezcla de riqueza, nostalgia y contrariedad como terminó mi viaje: desde Bakú, en Azerbaiyán, hasta Erbil, en Irak, pasando brevemente por la eterna Estambul.

El final…

Antes de viajar, uno siempre se representa los lugares que va a visitar de una forma idealizada, a partir de retazos de lecturas, imágenes, relatos ajenos y mucha imaginación. A medida que progresa el viaje, la experiencia real de los lugares, por más que subjetiva, va substituyendo la imaginería original, rellenando algunos huecos, borrando otros, agregando muchos.

A partir de ahora, en mi recuerdo, Azerbaiyán será siempre un país tranquilo y hermoso, aunque un tanto insulso; Georgia habrá cambiado hasta convertirse en un país en el que el turismo de masas amenaza con borrar su fuerte identidad; el este de Turquía habrá adoptado un aire mágico, histórico, remoto y apasionante; el Kurdistán iraquí, y especialmente su capital, Erbil, ocupará un lugar especial en mi memoria, especialmente a través de los encuentros mantenidos con sus variopintos habitantes; e Estambul seguirá presidiendo todo, ajena al paso de los turistas, como lo ha estado al paso de los siglos de historia que la han configurado tal como es hoy en día.

En el avión de regreso a casa, me siento a la vez más ligero y más pesado. Ligero por la paz que me ha generado el viaje en sí; pesado por la experiencia acumulada. Y, mientras miro por la ventanilla del avión, no puedo evitar una acuciante necesidad de explorar en mayor profundidad el este de Turquía, la parte de mi visita que, sin lugar a dudas, ha dejado una huella más profunda en mi memoria emocional.


#Erbil #Estambul #KurdistánIraquí #Turquía #Bósforo

📸 Puedes ver una selección de fotos relacionadas con esta entrada en Instagram:
👉 Ver galería fotográfica en Instagram

Comentarios

Entradas populares de este blog