Andar en bicicleta por Tokio: normas, cultura urbana y anécdotas ciclistas
Bicicletear por Tokio
Entre las características más sorprendentes de Japón en
general, y de Tokio en particular, se encuentra su aspecto ordenado, organizado
y radiante, así como el respeto a las normas sociales que acostumbran a tener
sus ciudadanos.
Por poner un ejemplo, en España tenemos una obsesión por
situarnos en la pole position en todos los ámbitos de la vida: nos
abrimos paso a codazos en cualquier cola, queremos ser el primer vehículo ante
el semáforo, el primero en cruzar la calle, el primero en todo… aunque no
tengamos prisa, aunque luego vayamos despacito, molestando al que venga detrás.
Por el contrario, los japoneses hacen cola para todo,
incluso en situaciones donde, a priori, uno no tendría por qué, como pueda ser
para cruzar la calle. Ahí, el primero que llega, se posiciona, y los siguientes
van ubicándose de forma más o menos ordenada detrás, sin intentar adelantar.
Tampoco corren (generalmente) en los pasillos del metro ni se cuelan en las
colas de los supermercados. Los japoneses parecen tener la convicción de que,
si respetan las normas sociales, reciben la recompensa obvia: mayor orden y
concierto, mayor comodidad, menor estrés en las relaciones cotidianas. Aunque
también es cierto que, en los últimos años, esta arquitectura empieza a
tambalearse. Hoy mismo, por ejemplo, he podido ver un joven tokiota que ha
decidido que tener una reunión por Zoom en una cafetería y hablar en voz alta
era algo aceptable, cuando, de forma general, las cafeterías son lugares
silenciosos donde se habla en voz queda.
Pero hay dos ámbitos donde todo este orden se perturba
1. Durante y, sobre todo, después de los nomikai (飲み会). En la cultura empresarial
japonesa, se considera que conviene que los empleados (y, a menudo, sus jefes
directos) se reúnan después del trabajo, frecuentemente los viernes, para comer
y beber algo juntos y estrechar vínculos. Las reglas estrictas de conducta en
la empresa dejan de aplicarse y es frecuente que alguno se emborrache como si
no hubiera un mañana. No es raro ver algún oficinista, embutido todavía en su traje
de trabajo, desmayado en medio de la calle en las zonas de bares, borracho
perdido y roncando como una capibara, mientras los paseantes lo esquivan como
si fuera un charco.
2. Yendo en bicicleta. La realidad es que la normativa para
ir en bicicleta en Tokio, sin ser extremadamente dura, es muy precisa en varios
aspectos. Por un lado, no hay prácticamente carriles bici, aunque recientemente
son más frecuentes. Por otro, la calzada está pensada para el tráfico
motorizado. Además, está prohibido circular en bicicleta por las aceras
(excepto en condiciones muy específicas, como ser mayor de 70 años). Es cierto
que, generalmente, en los bordes de las calzadas suelen verse dibujos de bicicletas
alternados con flechas de dirección. Pero esto en sí mismo no constituye un
carril para bicicletas, sino una indicación para que estas circulen lo más
cerca posible del borde para que los vehículos motorizados puedan ejercer su
prioridad de paso. Aunque también es cierto que los carriles de circulación
suelen ser bastante más anchos que, por ejemplo, en Barcelona, lo que hace que
esta práctica resulte menos peligrosa de lo que pueda parecer a bote pronto.
Si se añade a esto que la densidad de tráfico en Tokio es
muchísimo más baja que en Barcelona (los propietarios privados de coches son
comparativamente más bajos y el uso cotidiano que le dan a estos, muchísimo más
limitado), no sorprende tanto que el número de accidentes en bicicleta sea
inferior en la capital de Japón, incluso en números totales, a pesar de que la
proporción de usuarios de bicicleta en Tokio es hasta 3 veces mayor que la de Barcelona.
Comoquiera, los mismos ciudadanos que hacen cola pacientemente
ante los semáforos en rojo, que no se cuelan en los supermercados, que hablan
bajito en las cafeterías y en el metro, se vuelven totalmente locos cuando se
suben a una bicicleta.
Ahí donde las calzadas son más anchas que en muchas ciudades
europeas, las aceras son todo lo contrario. Lo que no evita que, en contra de
la normativa, estas estén constantemente repletas de ciclistas, a menudo muy
feroces, que además esperan que todo el mundo se aparte a su paso (cosa que suele
suceder, por cierto). De hecho, es más alto el número de ciclistas que uno ve en
la acera que en la calzada.
Por otra parte, llevar casco es una quimera, mientras que cruzar
con el semáforo en rojo, dar giros repentinos sin señalizar y aparcar la
bicicleta en cualquier lado, de cualquier manera, son prácticas muy frecuentes.
Sumémosle a esto lo que, según mi amiga K., es una práctica habitual.
Es cosa sabida, globalmente, que hay una serie de objetos de uso común e intercambiable:
los paraguas, los mecheros, los bolígrafos. Dejas uno, agarras otro. Según mi
amiga K., las bicicletas, en Tokio, tienen un uso parecido y es frecuente que a
uno se la roben mientras la tiene aparcada delante de la estación de metro o del
tren. Pero no pasa nada: dejas una, agarras otra. Mito o no, el crecimiento constante
de plazas para aparcar bicicletas (cerca de un millón, aparentemente, en la actualidad)
hace cada vez más difícil que a uno se le lleven su bicicleta, ya sea un
gorrón, un borracho o la policía.
Conectar Tokio
Más allá de todo esto, lo cierto es que pasearse en
bicicleta por Tokio es, todavía, una experiencia muy agradable, si bien
presenta varios retos. Aparte de los ya discutidos, el tamaño de la ciudad
(más de 20 veces el de Barcelona) unido a su orografía, en la que predominan colinas
y cuestas, especialmente en la zona central-oeste, son quizás los aspectos que
menos invitan al paseo. Lo que seguramente explica por qué muchos locales
combinan distintos medios de transporte: desde casa hasta la estación de metro o
tren en bicicleta, para seguir luego en tren, por ejemplo.
Sin embargo, la baja densidad del tráfico, el hecho de que la
mayor parte de los conductores son razonablemente respetuosos y que la
bicicleta siga siendo un medio de transporte económico en un país donde los
demás medios no lo son, simplifican la experiencia.
Por no decir que, yendo en bicicleta, el tiempo y el espacio
funcionan de forma distinta. La concentración que requiere conducir cualquier
vehículo hace que el paisaje se difumine, pero también agudiza los sentidos, a
lo que se suma la “euforia del ciclista”, al que se le dispara la adrenalina
mientras pedalea, lo que genera una percepción del paisaje muy particular.
Igualmente, como buena ciudad asiática, Tokio tiene una
estructura mucho menos lineal y absolutamente más difusa que la media de las
ciudades europeas, lo que conlleva que, cuando uno se desplaza en transporte
público, especialmente en metro, resulte complicado abarcar el mapa mental de la ciudad. Desplazarse
en bicicleta permite generar estas conexiones entre los distintos “órganos” de
la ciudad y establecer una relación mucho más íntima con ella.
Una carrera como cualquier otra
Y no quiero acabar sin explicar una anécdota muy estúpida,
pero que creo que ilustra esa percepción distinta de las cosas mencionada más
arriba.
Hace varios años, mientras me dirigía en bicicleta desde Akasaka
hacia el barrio de Meguro, por el rabillo del ojo, vi bajar otra bicicleta por
una calle semiperpendicular que se acababa fusionando con la que yo estaba utilizando.
En plena euforia adrenalínica, y durante una fracción de
segundo, me convencí a mí mismo de que quien la montaba era Chiquito de la
Calzada -el cual, por cierto, llevaba muerto ya muchos años-. La realidad es
que no era más que un pobre anciano extranjero con un poco de sobrepeso que no
guardaba ningún parecido con el famoso humorista.
Lo más extraño, en retrospectiva, no fue tanto la visión,
que solo duró una exhalación, como que, inmediatamente después, decidiera yo que a mí no me iba a adelantar Chiquito de la Calzada
en bicicleta ni en mis peores pesadillas, por lo que me puse a pedalear aún más
deprisa, hasta que caí en mi propia estupidez y me eché a reír como un demente.
Imagino que ha de ser toda una visión ver a un señor mayor
extranjero subido en una bicicleta en Tokio, pedaleando como un poseso y
riéndose a carcajada limpia sin ningún motivo aparente. Pero claro, aquí son muy
pocos los privilegiados que conocen al insigne Chiquito.
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