Trabajo y ocio en Japón: reflexión sobre el turismo y la vida en Tokio
Trabajo y ocio en Japón
Hace más de 20 años que realicé mi primer viaje a Japón,
país que, posteriormente, he visitado repetidamente, a menudo, por motivos profesionales,
y cada vez más por una mezcla de las mismas razones a las que se añade el puro
placer de estar en un país extremadamente tranquilo, limpio y organizado, y
generador durante muchas décadas de una producción cultural sin parangón en
distintas áreas: cine, literatura, manga, etc.
Muchas cosas han cambiado en esas más de dos décadas, entre
las que se puede destacar la irrupción del turismo masivo, y a menudo irrespetuoso
y descerebrado, con todas las consecuencias que eso conlleva. Antes de 2005, Japón
recibía menos de 10 millones de turistas internacionales. Veinte años después,
la cifra se ha cuadruplicado, y las consecuencias se dejan ver: desde el hacinamiento
de turistas en lugares “calientes” como el célebre cruce de Shibuya y su
estatua de Hachiko, en Tokio, hasta el vandalismo perpetrado por verdaderos
analfabetos funcionales que apenas si saben rascar su nombre en los troncos de
los bambús del bosque de Arashiyama, en Kioto, pasando por el acoso al que se
ha sometido a las geishas del barrio de Gion en la misma ciudad. Y es que, como
decía mi padre, “el que tonto se fue a la guerra, tonto volvió de ella”.
Substitúyase “guerra” por “de vacaciones”, claro.
Los gobiernos nacionales y prefecturales siguen estudiando
medidas para reducir el impacto de la imbecilidad de unos cuantos y de la
presencia constante de otros muchos, una tarea difícil cuando se considera que,
solo en los primeros meses de este año, el turismo ha generado unos 40 mil
millones de euros a un país que, tras 30 años de deflación económica, lleva
tres años consecutivos de inflación sostenida.
Por suerte, con un tamaño prácticamente 22 veces más grande
que el de Barcelona y una población que ya va en camino de los 40 millones de
habitantes, Tokio todavía conserva su carácter de siempre, especialmente si se
evitan los lugares especialmente turísticos como los anteriormente mencionados
o la actualmente ridícula Omoide Yokocho, donde los visitantes se sientan rodeados
de otros turistas (prácticamente ningún tokiota quiere acercarse ya al lugar)
para pagar precios absurdos para disfrutar de un falso ambiente local y comida
japonesa mayormente cocinada por inmigrantes chinos.
Es cierto que es imposible pasear por ningún rincón de la
ciudad sin encontrarse con algún extranjero, pero también es cierto que la mayor
parte de la ciudad sigue gozando de su propia identidad, distinta barrio a
barrio.
Aunque el motivo principal de mi viaje actual es el trabajo,
también quiero aprovechar para seguir visitando Tokio, una de mis ciudades
favoritas en el mundo, además de otras localidades que todavía tengo que
decidir. Así, mis siguientes posts estarán relacionados con Japón, pero desde
una perspectiva totalmente personal. El primero: librerías en Japón, una de mis
pasiones confesas.
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