Diyarbakir: historia kurda, murallas y vida cultural en Turquía oriental
Diyarbakir: En la capital del Kurdistán turco
Kurdistán, nación sin estado
Con una población estimada entre 35 y 45 millones de
personas, los kurdos son el pueblo sin estado más grande del mundo. Cerca de la
mitad se encuentra en Turquía, en cuyo país constituyen un 21% aproximadamente
de la población total, si bien su lengua y cultura carecen de reconocimiento oficial
e incluso se miran todavía hoy en día con sospecha.
De hecho, en varias ocasiones, las relaciones entre el
estado turco y sus ciudadanos kurdos han sido algo más que tirantes,
especialmente a partir del siglo XX.
Por un lado, desde la creación de la república de Turquía en
1923, todas las rebeliones kurdas han sido aplastadas por el gobierno de forma radical.
En Dersim (1937-38), en particular, se cometieron crímenes masivos que algunos
historiadores y observadores describen como genocidio: miles de civiles,
incluyendo mujeres y niños, fueron asesinados o arrojados a los ríos, y gran
parte de la población superviviente sufrió deportaciones. Se
estima que entre 70 000 y 90 000 personas murieron y más de 10 000 fueron
deportadas, hechos que el gobierno turco sigue sin reconocer.
Por otro lado, el conflicto generado por la creación del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) en 1978, y el inicio de su lucha
armada en 1984 con el objetivo de crear un Kurdistán independiente unificando
zonas de Turquía, Irán, Irak y Siria con mayoría kurda, ha causado más de 45
000 muertes hasta la fecha, además de población civil desplazada, represión
militar, etc., si bien es cierto que el partido ha declarado su autodisolución
este mismo año.
Aparte de lo obvio, una parte importante del problema de la
creación de un estado de Kurdistán procede del hecho de que nunca haya existido
realmente con anterioridad. En realidad, los kurdos están agrupados por
características étnicas y una cultura y unas tradiciones milenarias: tradiciones
y folclore propios, y su propia lengua, que no está de más recordar que no pertenece
a las familias semíticas ni turcas.
Así, el mapa que propone una nación kurda, y que cubre casi
400 000 km2, se basa en la distribución histórica, cultural y
política del pueblo kurdo en territorios que conformaban regiones gobernadas
por principados y dinastías kurdas durante la Edad Media.
Posteriormente, en el Tratado de Sèvres de 1920 se planteó
un Kurdistán autónomo que, no solamente no cubría todo el territorio antes
mencionado, sino que, adicionalmente nunca fue ratificado, aunque sí sustituido
por el Tratado de Lausana de 1923, el cual desestimó cualquier reconocimiento
estatal kurdo.
Un paseo por Diyarbakir
La capital del Kurdistán kurdo es una metrópolis hermosa y
animada en la que los símbolos de la cultura kurda quizás no sean aparentes a
primera vista ya que muchos tienen que ver con sus cultura, lengua y
tradiciones, las cuales siguen reprimidas hoy en día.
Para un ojo y unos oídos poco entrenados, como es mi caso,
resulta a ratos difícil saber si los paseantes, que son muchos, hablan en turco
o en kurdo; o apreciar que las murallas de basalto negro de la ciudad o los jardines de Hevsel, ambos parte del Patrimonio Mundial de la Unesco desde 2015, tienen
fuertes vínculos con la cultura y la historia de los kurdos. Aunque las
primeras datan en realidad de la época romana y tienen cerca de 1 700 años, son
un símbolo identitario de los kurdos y de su poder durante el medievo; los
segundos tienen una historia que se remonta al s. IX a.C., y representan la
relación histórica y continua del pueblo kurdo con su entorno natural.
Amed (nombre kurdo de Diyarbakir) destaca también por su
ecumenismo religioso. Si bien la mayoría es musulmana sunita, y aunque, por
ejemplo, ya no existan sinagogas en la ciudad, la presencia de iglesias y
comunidades cristianas sí se hace notar, empezando por la Iglesia Armenia de San Ciríaco (Surp Giragos), recientemente reconstruida impecablemente y abierta
al público.
Pasear por la ciudad es una verdadera fiesta para los sentidos: una vez se accede al centro de la ciudad desde, por ejemplo, la impresionante Puerta de la montaña (Dağ Kapı), donde se pueden apreciar ya las famosas murallas, rápidamente, el flujo permanente de gente lo conduce a uno al antiguo caravasar de Hasan Paşa Hanı, construido en el s. XVI y reconvertido ahora en una especie de bazar repleto de tiendas, cafeterías y gente, mucha gente.
El caravasar se encuentra justo delante de la Gran Mezquita de Diyarbakir, en cuyo patio, la animación existente es casi una extensión del
exterior, en severo contraste con el interior, silencioso, hermoso y solemne, y
dedicado a la oración.
En realidad, la mezquita, construida a finales del s. XI, y
por lo tanto una de las más antiguas de Anataolia y, de hecho, de toda Turquía,
fue testigo de la construcción del caravasar y uno no puede evitar preguntarse
cómo sería el aspecto de la ciudad en aquellos tiempos.
Comoquiera, el paseo puede continuar perfectamente
dirigiéndose uno hacia la cercana Iglesia Armenia de San Ciríaco (Surp Giragos),
arriba mencionada, no sin antes detenerse a contemplar el Minarete de Cuatro Patas (Dört Ayaklı Minare), uno de los lugares favoritos de los lugareños para
hacerse sus selfies, seguramente porque, popularmente, se cree que pasar
siete veces por entre sus cuatro patas concede buena suerte o cumple deseos. En
cualquier caso, el insoslayable minarete del s. XVI llama poderosamente la
atención por su diseño sobre una única columna de piedra basalto con cuatro
patas en forma cuadrangular, que según la tradición representan las cuatro
escuelas principales del Islam.
Y la famosa iglesia armenia construida aproximadamente en la
misma época se encuentra justo detrás. La estructura fue parcialmente destruida
en el marco del genocidio armenio de 1915, y no ha sido restaurada y abierta al
culto y al público en general hasta casi 100 años más tarde (2011-2012), si
bien ahora constituye de nuevo un símbolo del antiguo ecumenismo de la ciudad,
así como de reconciliación con el pueblo armenio.
Vagar por la ciudad
antigua es un placer en sí mismo: con su entramado de callejuelas, tiendas y
mercados, sus mezclas arquitectónicas de distintas épocas, culturas y religiones,
el frecuente olor a café con pistacho (menengiç) -una especialidad turca y kurda-, la
animación en general de la población y los visitantes, no es de extrañar que
Diyarbakir/Amed se considere la perla del Kurdistán turco.
Desgraciadamente, mi visita fue corta, ya que el mismo día
de mi llegada tenía que tomar el autobús a Erbil. Y ahí es cuando empezaron
todos mis problemas…
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