De Diyarbakir a Erbil: viaje, visados y transporte en Kurdistán
Breve interludio: El camino a Erbil
La señalización de las salidas de autocares en la estación
de Diyarbakir es un tanto confusa. Para empezar, no registra la realidad de las
salidas y, en cuanto llega la hora de partida de cada vehículo, la información relativa
al mismo desaparece de inmediato, independientemente de que este haya o no
llegado y/o realizado su salida.
Así, el autocar que tenía que llevarme a Erbil, y que ya llegaba
con retraso, no tenía ningún andén asignado en la pantalla, aunque el amable
empleado de la compañía, quien me “reconoció” nada más verme y me llamó por mi
nombre -es de suponer que no había más extranjeros viajando a Erbil- me
aseguraba que estaba todo en orden.
El autocar terminó llegando solo media hora tarde, y el
camino hasta la frontera con Irak no tuvo mayores incidencias. Cruzar la
frontera turca para abandonar el país, tampoco. Sin embargo, intentar acceder a
Irak… eso ya fue harina de otro costal.
Los antecedentes
Cuando decidí realizar el viaje al Kurdistán iraquí, me
informé sobre los procedimientos para solicitar el visado de entrada. La zona
pertenece técnicamente a Irak, pero tiene un gobierno autónomo kurdo, lo que significa,
entre muchas otras cosas, que requiere un visado propio: el visado para Irak no
sirve en esa zona, y viceversa.
En aquel momento, la solicitud debía hacerse por adelantado
y telemáticamente en la web oficial del gobierno kurdo (https://visit.gov.krd/). Desgraciadamente, no
siempre funciona todo bien, y yo me encontré pagando el visado 2 veces, porque
se producía un “fallo en el pago”, a pesar de que mi banco sí lo aceptaba (y me
lo cargaba en mi cuenta).
La página web ofrece una sola forma de contacto: la
dirección de correo electrónico oficial del gobierno kurdo (visit@gov.krd) desde
la cual no han sido capaces de responder hasta después de varios meses, tras
mucha insistencia y tras haber finalizado el viaje (y sin resolver el problema).
La región autónoma tiene también una representación en Madrid (página web: https://spain.gov.krd/; email de contacto: spain@gov.krd) que jamás ha contestado a ningún
correo electrónico enviado por mí. Igualmente, existe una representación en
Londres (página web: https://gov.krd/dfr-en/krg-representations/krg-representation-in-the-united-kingdom/;
email de contacto: uk@gov.krd), donde sí
tuvieron la amabilidad de responderme. No podían solucionar mi problema, porque
no se ocupan de temas consulares, pero sí me aseguraban que, revisando mi solicitud
de visado, este estaba concedido y yo no tendría ningún problema en entrar en
el país, ni siquiera por carretera, como era mi intención.
Pero, la realidad…
La realidad es que, al intentar cruzar la frontera, hacia
las 6 de la mañana, el oficial me indicó que, con la documentación que llevaba,
no podía cruzar la frontera, por lo que tenía que volver a pagar. Mi principal
preocupación, obviamente, era encontrarme de nuevo con el mismo problema con el
pago y que todo resultara en un bucle absurdo de intentos de pago fallidos que
vaciaran mi cuenta bancaria. Le expliqué la situación al oficial, le mostré
toda la documentación, los correos que había intercambiado con la delegación
londinense, los pagos ejecutados en mi cuenta bancaria… pero, como buen
burócrata: que si quieres arroz, Catalina.
Mientras, el conductor del autocar se impacientaba, así que
le solicité que me concediera 10 minutos para resolver mi problema. La cara que
me puso me hizo comprender rápidamente que no lo haría… y así fue. Así que me
quedé entre dos tierras, solo, a las 6 de la mañana, con un funcionario muy
correcto pero inflexible y dos alternativas: intentar pagar de nuevo con o sin
éxito o dar media vuelta y regresar a Turquía.
Ninguna de las dos alternativas era ideal, porque no existe ninguna
forma de transporte efectiva desde la frontera hacia ningún otro lado, pero
finalmente decidí que quería proseguir con mi viaje y que prefería arriesgarme
a volver a regalarles mi dinero antes que darme por vencido.
Después de pagar de nuevo el visado (esta vez con éxito
-para mí, me refiero-) y ver cómo el conductor me abandonaba amablemente como a
un viejo en una gasolinera, comencé a preguntar sobre las posibilidades de
encontrar transporte a Erbil. Afortunadamente, la respuesta era muy sencilla:
no hay. Aunque uno puede siempre salir a la carretera e intentar encontrar un
taxi que lo lleve. Por supuesto, esa no era mi intención, ni mucho menos, porque
me hubiera desequilibrado por completo el presupuesto y porque no me gustan las
soluciones demasiado fáciles.
Así que me puse a preguntar a todos los vehículos comunes
que iban cruzando la frontera si se dirigían a Erbil y si me aceptarían como
pasajero (previo pago, obviamente). Considerando que se trata de la capital de
la región, creí que sería razonablemente sencillo encontrar algún vehículo que
se dirigiera allí. Sin embargo, tampoco en eso tuve suerte, ya que todos los
vehículos se dirigían a cualquier lugar, menos a Erbil.
Mientras, otro oficial de fronteras, que me vio bastante
perdido, se acercó a mí para preguntarme qué me sucedía. El oficial, amabilísimo,
por cierto, solo hablaba kurdo, pero conseguí describirle someramente mi
situación. Increíblemente, él se ofreció a llevarme en su vehículo hasta Erbil
al terminar su turno, ya que él vivía allí.
Todavía sorprendido por su amabilidad, acepté su propuesta, pero
le indiqué que, de todas formas, intentaría encontrar otro medio para poder
llegar antes, ya que su turno terminaba a las 3 de la tarde, y todavía eran
solo las 7 de la mañana.
Más relajado, seguí buscando otro posible transporte, y se
me ocurrió que, a priori, debería ser más fácil encontrar transporte hacia la
capital desde cualquier otro punto habitado en la región que desde el paso
fronterizo de Ibrahim Khalil.
Así que, finalmente, me subí a una furgoneta repleta de
kurdos turcos que se dirigía a Zakho, a tan solo 10 km del paso fronterizo. Un
par de pasajeros, también amabilísimos, me ayudaron a negociar con un taxista,
igualmente amabilísimo, para que este me acompañara a adquirir dinares iraquís
y, posteriormente, a buscar algún autocar que se dirigiera desde Zakho hasta
Erbil.
Y aquí comienza mi aprendizaje
Yo tenía una ligera idea de que la infraestructura de
transporte en el Kurdistán iraquí no era la más desarrollada de la zona. Pero
desconocía por completo algunos hechos como, por ejemplo, que no existen
realmente muchas líneas de autocares entre ciudades, ni siquiera necesariamente
entre las principales, por lo que la gente acostumbra a moverse en taxi
(compartido, preferiblemente) o a no moverse. O como, por ejemplo, que los
transportes interurbanos suelen hacerse entre “garajes” -el equivalente a una
estación de bus/taxi interurbana- y que estos tienen tendencia a encontrarse
muy alejados de los núcleos urbanos, a menudo, incluso, en las afueras. Más
tarde aprendería también que, frecuentemente, hay distintos garajes en un mismo
núcleo urbano, en función de adónde se dirija uno. Por ejemplo, si uno está en
Erbil y quiere dirigirse a Duhok, normalmente debería hacerlo desde el “garaje”
norte de Erbil, ya que este se encuentra más cerca del destino; pero, si adonde
quiere ir es, por ejemplo, a Solimania, ciudad que se encuentra en dirección sur,
entonces es mejor que lo haga desde el “garaje” norte (a veces, también
conocido como “garaje Solimania”).
Obviamente, al no tener presentes todos estos detalles (los
cuales, todo sea dicho, fui comprendiendo mediante la vieja técnica de ensayo y
error -más de lo último que de lo primero-), al estar cansado por mi anterior viaje
nocturno y todavía irritado con la estupidez de mi situación, cuando el amable
taxista me dejó en medio de la nada y le pidió a una de las personas que
atendía en una especie de tienda-almacén que había en el lugar que me indicara
cuál era el autobús a Erbil cuando este llegara, teóricamente hacia las 9.30,
reconozco que sentí cierta desazón, la cual aumentó cuando, un par de horas más
tarde, comprendí que jamás llegaría allí ningún autocar en dirección a Erbil.
Porque, como también aprendí más tarde, nada es realmente fijo en términos de
horarios y frecuencia de transporte en la zona.
En medio de esa epifanía, no obstante, conseguí comunicarme
torpemente con otra persona que me indicó que la mejor manera de dirigirme a mi
destino era tomando un taxi, una letanía que habría de oír una y otra vez
durante mi estancia en el país. El problema es que, al ser el único pasajero a
la vista, no iba a resultar barato. Por suerte, finalmente, comenzaron a llegar
vehículos poco a poco y, aunque ninguno se dirigía a la capital, tuve la
fortuna de que algún pasajero sí tenía esa intención y, tras breves negociaciones,
pude, por fin, dirigirme a mi destino por un precio más o menos razonable.
Llegada a Erbil
Casi cuatro horas después de interminables carreteras en las
que se puede observar el rápido crecimiento urbanístico de la región, con sus
edificios emergentes, sus carreteras en construcción y su actividad imparable
(incluidos varios controles de carretera), el taxi me dejaba a apenas una calle
y media de donde se encontraba mi hotel. Teóricamente, claro, porque las
indicaciones del propio hotel con respecto a su dirección eran erróneas. En
realidad, este se encontraba a un par de kilómetros de distancia, por suerte,
en una zona muy adecuada para el resto de mi visita, y a la que llegué media
hora más tarde cubierto de sudor, polvo y cansancio. Tanto es así que, en una
primera impresión, la ciudad me disgustó bastante, y no pude evitar interpretar
su mapa como una insidiosa tela de araña. Y, aunque es cierto que la parte nueva
no tienen ningún atractivo, como es frecuente, no tardaría mucho en darme
cuenta de mi error gracias a la calidad hipnótica del hermoso y animadísimo centro
histórico de la ciudad. Aunque eso, como se suele decir, ya es otra historia. Y,
para iniciarla, necesitaba urgentemente una ducha, mucha agua y un poco de
descanso…
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