Alqosh y Amadiya: historia, cultura y paisajes del Kurdistán iraquí
Alqosh y Amadiya
Una cerveza en Alqosh
Como era de suponer, no existe ningún transporte compartido
directamente entre Erbil y Alqosh. Generalmente, uno debería dirigirse a Duhok
y, desde allí, tomar un taxi hasta Alqosh.
Pero la realidad es que la ciudad no se encuentra muy lejos de
la carretera que une Erbil y Duhok, así que decidí arriesgarme y pedirle a mi
taxi compartido que se detuviera en la carretera principal, en la intersección
con la carretera que se dirige a Alqosh. En el mejor de los casos, encontraría
algún tipo de vehículo compartido para realizar el trayecto. Y en el peor, me
esperaban dos hora y media de caminata bajo un sol de más de 40º C, y otro
tanto de vuelta. Y, obviamente, fue el peor de los casos.
A unos cientos de metros de la carretera principal, hay un
control militar en el que, claramente, no estaban acostumbrados a ver
extranjeros a pie. Habituado ya a la rutina, me acerqué al peshmerga de
turno y le entregué mi pasaporte. Aunque no hablábamos ninguna lengua en común,
inicialmente fuimos capaces de entendernos más o menos. Al explicarle que me
dirigía al Monasterio Rabban Hormizd, me miró primero con curiosidad, y luego,
mientras agitaba mi pasaporte sin devolvérmelo, intentó explicarme algo que, en
aquel momento, no comprendí.
Mi desconcierto pareció divertirle y nos echamos ambos a
reír, tras lo cual recuperé mi pasaporte mientras él me indicaba con el brazo que
pasara y ponía cara de “hay gente para todo”.
La realidad es que el ascenso a pie hasta el monasterio,
además de largo, tampoco cuenta con un paisaje muy alentador, especialmente,
porque, a mitad de camino, se acaba la civilización y apenas hay montaña,
carretera, algún que otro árbol, sempiternas obras y sol, mucho sol.
Alqosh es una de las localidades de la Región con mayor
población cristiana, principalmente asirios y caldeos, muchos de los cuales
buscaron refugió allí desde Mosul y Bagdad, especialmente en la época del
Califato de ISIS. La excelente conservación del patrimonio cristiano en la
región es una gran muestra del célebre ecumenismo kurdo: el gobierno de la Región posee
sistemas de cuotas parlamentarias que aseguran escaños específicos para las
minorías cristianas y otras comunidades, sin ir más lejos.
De hecho, visto su estado de conservación, el Monasterio
Rabban Hormizd, fundado en el s. VII, y desde el que se obtiene una vista
espectacular sobre la llanura de Nínive, parece tan reciente como el cercano de Nuestra Señora de las Semillas, construido a mediados del s. XIX.
A mitad de la marcha, al comprender que todavía tenía
bastante camino por delante y al ver que no había muchas construcciones en él,
decidí entrar en una tiendecita a comprar agua. El propietario no quiso
cobrarme, pero sí me preguntó si no prefería tomarme una cerveza. Yo no había
reparado en ello, pero el local estaba repleto de neveras a rebosar de
distintas marcas de cerveza, entre las que se incluía una local: Reem (“Quality
Iraqi Pilsener”), como imagen perfecta de las anomalías características de la
Región.
La realidad es que, en 2023, se promulgó en Irak una ley que
prohíbe la producción, importación y venta de todo tipo de bebidas alcohólicas en
la Federación. La aplicación de la ley es mucho más relajada en la zona kurda,
y en los enclaves cristianos (como Alqosh) y yazidíes, el gobierno kurdo tiene
autonomía legislativa sobre el tema. Et voilà…
La cerveza la dejé para más tarde, ya que, en ese momento,
solo quería asegurarme de que el agua me duraría todo el camino de ascenso y descenso
hasta la misma tiendecita.
El acceso al Monasterio Rabban Hormizd se encuentra tras una
enorme puerta-valla metálica protegida por varios perros y 2 peshmerga,
que no hablaban ningún idioma en común conmigo y a los que entregué mi
pasaporte. Uno de ellos se puso a hablar por teléfono y, un minuto después, me
pasó el aparato.
Mi interlocutor era un guía turístico local que hablaba muy
bien el inglés y que me explicó lo que, seguramente, mi primer peshmerga,
el risueño, me había dicho anteriormente, aunque yo no lo había entendido: el
acceso al monasterio -solo quedaba medio kilómetro aproximadamente- se realiza
exclusivamente en vehículo. Por lo que me aconsejaba que me sentara allí a
esperar a que algún vehículo se apiadara de mí y me acompañara hasta la cima de
la montaña.
Yo le pedí al intérprete improvisado que solicitara a los peshmerga
que hicieran una excepción: no había visto ningún vehículo dirigirse al
monasterio durante todo mi largo paseo y la posibilidad de que me quedara sin
acceder al mismo a causa de eso era muy alta. La traducción del guía, añadida a
mi decepción, cansancio y sudor -todo ello reflejado en mi cara y en mi camiseta- convenció a los peshmerga, quienes, finalmente, y con mucha
amabilidad, me permitieron el acceso.
El interior del monasterio no puede visitarse en la
actualidad, posiblemente por los trabajos de reforma que pueden observarse
desde fuera, pero sí puede contemplarse la estructura exterior y las vistas
sobre la hermosa, aunque desolada, llanura de Nínive, todo lo cual, unido al
absoluto aislamiento del lugar, lo transporta a uno, indefectiblemente, a un
estado casi místico, al que, sin duda, la deshidratación y el cansancio también
ayudaban.
El descenso, como es lógico, resulta mucho menos agotador,
especialmente porque ahí sí decidí probar la cerveza local en la tiendecita que
había visitado antes y en la que ahora estaba sentado en un espacio muy
reducido un grupo de locales que jugaba al backgammon y bebía una
cerveza detrás de otra.
Y, llegado a la carretera principal, logré detener un “taxi”
improvisado que, tras un breve regateo acerca del precio, me acercó hasta Duhok.
La “ciudad entre las nubes”
Vista desde el aire, Amadiya, que está ubicada sobre una
meseta prácticamente plana a una altura de unos 1 200 m sobre el nivel del mar, parece
una especie de enorme pastel rodeado de montañas. Se supone que la localidad ha
estado habitada desde hace al menos 5 000 años, aunque su fundación como
fortaleza tan solo data del s. XII.
Para acceder a ella desde Duhok, hay que cruzar pueblo
montañoso tras pueblo montañoso antes de alcanzar la que, sin duda, es una de
las joyas del Kurdistán iraquí en muchos aspectos.
Para empezar, entre los s. XIV y XIX, Amadiya fue capital
del emirato kurdo semiautónomo de Badinan, lo que le otorga una posición muy
relevante en la historiografía kurda.
Para seguir, la ciudad ofrece una vistas privilegiadas y
espectaculares sobre los valles, montañas y cañones de la región de Duhok.
Y, por si eso fuera poco, su pequeña extensión -1 000 m de
largo por 500 m de ancho- rezuma historia. Todavía hoy pueden verse restos de
las fortificaciones medievales, especialmente, la Puerta de Badinan (s. XIII), visitarse
ruinas de templos zoroastrianos (entre los s. VI a.C. y s. VI d.C.) y de sinagogas (probablemente
con más de 2 000 años de historia) o rezar en la Gran Mezquita del s. XII,
dando un breve paseo por las calles empedradas de la ciudad.
Al regresar de Amadiya hacia Duhok, uno no puede dejar de
maravillarse por el hecho de que un lugar tan remoto y diminuto pueda contener
tanta belleza natural y arquitectónica como relevancia histórica. Y al ver cómo
ese pequeño pastel se va alejando en el retrovisor, uno no puede evitar sentir
cierta melancolía unida a una enorme sensación de paz.
Regreso a Erbil
El regreso a Erbil, tras la que sería mi última visita en el
Kurdistán iraquí, se produjo sin mayores incidentes, excepto por la eterna
manía de todos los transportes interurbanos de no acercarse, bajo ningún
concepto, al centro de la ciudad.
No obstante, la caminata a pie desde el norte de la capital hasta la zona de la ciudadela me ofreció una ocasión única de obtener una vista nocturna del minarete Mudhafaria, el cual tenía la intención de visitar con más detenimiento al día siguiente, antes de despedirme de la hermosa ciudad de Erbil.
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