Viajes por India y Mali: de Pondicherry a Tombuctú, historias y experiencias reales
Se hace camino al andar - De Pondicherry a Tombuctú
Normalmente, uno no se acuerda de cuándo adquirió un hábito determinado exactamente, ya que estos suelen comenzar sigilosamente, sin anunciarse y, paulatinamente, se convierten en una nueva costumbre. Con el tiempo, los propios hábitos se modifican e incluso a veces se substituyen por otros nuevos sin que, otra vez, uno pueda volver a trazar el recorrido.
Así, yo mismo no sería capaz de recordar cuándo me acostumbré a viajar como lo hago actualmente. Aunque, quizá existan un par de momentos fundacionales:
Cabe recordar que, no hace tanto años, existían mucho menos recursos para los viajeros en general. No existía tanta información en Internet, Google Maps no había hecho su irrupción, y lo más habitual era viajar acompañado de una guía voluminosa de los lugares que se quería visitar. En ella, como mínimo, uno encontraba mapas de los lugares de destino, direcciones y precios de hoteles y restaurantes y otros datos de tipo práctico.
En mi experiencia, todas eran extremadamente mejorables, pero parecían la única opción. Así, durante un viaje al sur de la India que realicé con un buen amigo, íbamos acompañados de nuestra Guide du Routard. Personalmente, siempre pensé que la publicación tenía tendencias bastante chauvinistas. Daba la sensación de que, si un hotel o restaurante estaba regentado por un francés, el sitio ganaba puntos (no hablemos ya si la comida era francesa).
La tendencia llegó hasta el punto de que la guía recomendara como lugar de visita inolvidable la ciudad de Pondicherry, la excolonia francesa más importante de India. El lugar prometía ser una verdadera maravilla, así que decidimos visitarlo a pesar de que ya teníamos la mosca detrás de la oreja con varias opiniones de la guía.
Dejamos la mochila en un hotelucho barato y nos fuimos a pasear por ese Xanadú celestial. Al cabo de apenas dos horas, recuperamos nuestra mochila y salimos huyendo hacia nuestro siguiente destino. Con todo el respeto a sus habitantes, Pondicherry no pareció un lugar más bien tenebroso, casi a la altura de la apabullante Chennai. Si hubiéramos viajado de forma tradicional, con toda la ruta planificada y las reservas hoteleras ya hechas, no hubiéramos podido tomar esa decisión tan fácilmente. Y esa movilidad ganada de repente nos hizo plantearnos el resto del viaje (y, sin saberlo, nuestro viajes futuros) desde otro prisma. A partir de ahora, ya no mandarían las guías: mandaríamos nosotros, y la guía, en la medida en que se lo permitieran sus limitaciones, estaría a nuestro servicio.
El segundo momento lo constituye un viaje en solitario que realicé en Mali pocos años después. Yo sabía que quería llegar a Tombuctú, posiblemente uno de los más grandes fetiches de cualquier viajero. Sabía también que la ciudad tiene aeropuerto, pero también sabía que yo quería viajar por tierra, porque no entiendo otra manera de hacerme con el paisaje, exterior e interior, de un lugar. Saltar de Bamako a Tombuctú me hubiera robado la experiencia del país. Y, en definitiva, ese es uno de los principales objetivos del viaje: embeberse de un lugar.
Mali es un país enorme (más del doble de España), además de desesperadamente pobre; de hecho, es uno de los más pobres del mundo. Y es una regla casi aritmética que, cuanto más pobre es un país, peores son sus infraestructuras, incluyendo sus carreteras y, por supuesto, sus vehículos. Mali es uno de esos países donde, como un Benarés mecánico, termina el ciclo de reencarnaciones de los vehículos que han ido pasando por países un poco menos pobres desde su lugar de origen.
Esto también significa que, a mayor pobreza, mayor abarrotamiento, y menor puntualidad: los vehículos de transporte en común tienen horarios de salida únicamente como referencia y solo parten cuando están llenos hasta los topes. Literalmente, ya que el techo se usa también para transportar objetos y animales, al igual que el interior.
Adicionalmente, para alcanzar Tombuctú, la puerta del desierto, además de cruzar el país de parte a parte, es preciso atravesar una extensa sabana y, finalmente, el río Níger.
La sabana es, en su práctica totalidad, una pista de arena, arbustos y carcasas de animales, lo que hace casi indispensable recorrerla en un 4x4. A su vez, el río se ha de cruzar en un ferry que deja de funcionar cuando cae el sol, seguramente por motivos de seguridad.
El 4x4 en el que iba montado yo lo llevaban dos hermanos gemelos que no alcanzaban a juntar una dentadura completa entre ambos, lo que, todo sea dicho, no les impedía reír constantemente por motivos que solo ellos conocían, algo que, además, hacían de forma totalmente sincronizada. Así que el viaje iba alternando sus risitas con música de Tinariwen y un paisaje monótono, aunque hermoso.
La travesía de la sabana duraba unas 12 horas, y yo temía que no llegáramos a tiempo de subirnos al ferry y alcanzar Tombuctú esa misma noche. Cada vez que yo preguntaba a alguno de los hermanos si llegaríamos a tiempo, me tranquilizaban y se reían, lo que me hubiera hecho sospechar, de no ser porque también reían si les preguntaba la hora o les decía que me gustaba la música. Eran muy risueños.
Lo cierto es que llegamos a tiempo. A tiempo de ver cómo se alejaba el último ferry, abandonándonos a orillas del Níger, en un lugar donde, literalmente, no había absolutamente nada a varios kilómetros a la redonda, excepto el río, los risitas, y miles de mosquitos portadores de fiebre amarilla, endémica en el país.
Por suerte, soplaba el viento, y me aseguraron que, así las cosas, los mosquitos no podían hacer nada, porque los arrastraba el aire. Yo sigo sin saber si eso es verdad, pero entonces decidí creérmelo, lo que me permitió dormirme mecido por el rumor del río, las risitas de los gemelos y los constantes zumbidos de los mosquitos “arrastrados por el viento”.
Al día siguiente, cruzamos el río y alcanzamos Tombuctú en menos de 2 horas. Tan cerca y, a la vez, tan lejos.
A menudo, sucede que un lugar no es como uno lo imagina. A veces, pocas, para bien, y frecuentemente, para mal (recordemos Pondicherry). Pero Tombuctú, con sus tuaregs acampando a orillas del desierto y paseándose orgullosamente (casi diría altaneramente) por las calles de la ciudad, con su mezquita y sus casas construidas en adobe, con su mercado y sus calles fuera del tiempo, me embelesó aún más de lo que había imaginado. Los 7 días cruzando el país para poder verlo habían valido la pena.
Y sin duda, desde entonces, si el hábito no estaba forjado ya, viajar sabiendo lo que quiero, aunque no sea todo, pero con la mente abierta a que sean los lugares los que me guíen y no a la inversa, se ha convertido en la única forma que conozco de absorber el mundo trozo a trozo. Porque los mosquitos a orillas del Níger, las distancias imposibles, la hilaridad de los gemelos, o la música de Tinariwen o de Ali Farka Touré también son Mali. Tanto o más que la belleza eterna de Tombuctú.
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