Azerbaiyán y el Cáucaso: Bakú, Ateshgah y Mardakan; historia, zoroastrismo y marshrutkas

Se hace camino al andar - Protector del fuego

En los pocos países del mundo en que aún le preguntan a uno su raza en sus procesos de acceso territorial, por defecto, yo siempre acabo definiéndome como “caucásico”. El término, que agrupa, grosso modo, lo que también conocemos como “raza blanca”, proviene de la clasificación realizada en el S. XVII por el alemán J. F. Blumenbach en su tesis doctoral siguiendo la técnica de la craneometría, muy denostada, entre otros, por el sueco Sven Lindqvist en, por ejemplo, The Skull Measurer's Mistake (Antirasister, 1995).

En pocas palabras, conforme a Blumenbach y según sus estudios, los georgianos representaban el ideal de la raza blanca, y siendo estos, sí, del Cáucaso, por extensión, todos los demás ejemplares de la raza también se denominan caucásicos.  

Geográficamente, el Cáucaso es una región montañosa que se extiende entre el Mar Negro y el Caspio, y que separa el Cáucaso septentrional, al sur de Rusia, del Cáucaso meridional,  constituido por Armenia, Azerbaiyán y Georgia, además de varios territorios en disputa. Y una de las características más interesantes de la zona es que, frecuentemente, se la considera como una región transcontinental: no está ni en Europa ni en Asia, o, contrariamente, está en ambos  continentes. Y es probablemente en este rasgo donde reside toda su belleza cultural. 

Sin ir más lejos, Armenia y Georgia son países básicamente cristianos desde el s. IV, y tan solo Azerbaiyán, que fue islamizado muy tempranamente (s. VI a X, aproximadamente), es mayoritariamente musulmán. La vertiente chiíta del islam en Azerbaiyán refleja claramente la influencia de la vecina Irán, la cual también se observa en el legado todavía presente hoy del zoroastrismo.

La propia página web de promoción turística del país, https://azerbaijan.travel/, asegura que “Azerbaiyán” se traduce como “Protector del fuego”, una clara referencia zoroástrica que cobra especial sentido en una zona rica en gas y petróleo, y en la que, hasta hace relativamente poco, se podían observar “llamas eternas”, generadas por filtraciones del gas subterráneo que abunda en el país. 

El templo de Ateshgah (Atəşgah, nombre que significa “Casa del fuego” en persa), en la península de Absheron, en el suburbio de Surakhany, en las afueras de Bakú, ubicado precisamente en el lugar donde se producían las llamas eternas y ahora convertido en museo, refleja este legado muy claramente. La ubicación era ya antiguamente un lugar sagrado para el zoroastrismo, si bien el templo, en realidad, fue construido en los s. XVII-XVIII por comunidades hindúes y parsis cuando el país llevaba ya siglos abrazando el islam, lo que parecería confirmar la tolerancia religiosa de la que presume el gobierno del país, a pesar de haber sido incluido, en años recientes, en listas internacionales de países con violaciones graves a la libertad religiosa, las cuales no se limitan simplemente a la zona de Karabaj. 

En teoría, el país es laico, pero el gobierno controla muy de cerca los actos religiosos, con especial preocupación por (y represión a) el chiísmo conservador, seguramente para evitar, una vez más, la influencia de Irán y (en este caso) su revolución religiosa, algo que  resultaría desastroso para un gobierno que se dice semipresidencialista y celebra elecciones, a pesar de estar controlado por la familia Aliyev (primero, el padre, y, ahora, el hijo) desde 1993.

En cualquier caso, al visitar el país, nada de esto transpira de forma inmediata, ya que  Azerbaiyán fusiona hábilmente la tradición con la modernidad. La propia capital, Bakú, destaca por su tan hermoso como bien cuidado centro histórico, Ischeri Sheher (İçərişəhər), detrás del cual se recortan las famosas y modernas Torres de fuego (Alov Qüllələri), seguramente el símbolo más emblemático del Azerbaiyán actual. 

El resto de la ciudad pasa sin pena ni gloria, excepto contados puntos de interés como el ya mencionado templo de Ateshgah o la fortaleza de Mardakan (Alov Qüllələri), la cual llama la atención por el enorme retraso que arrastra en su proceso de rehabilitación. 

De hecho, el acceso a la fortaleza, que se encuentra a las afueras de Bakú, también en la península de Absheron, resultaba un tanto complicado en el momento de mi visita. A mi llegada, se encontraba cerrada a cal canto, y había que encontrar al amable anciano que custodiaba la llave de la puerta principal para poder entrar y visitarla. En un país donde el legado histórico está impresionantemente bien cuidado, para subir a la torre principal, había que hacerlo por una escalera estrecha, empinada y sin ninguna iluminación, y cruzar varios pisos con un suelo de madera podrida. La estructura, no obstante, es hermosísima e imponente y destaca desde cualquier punto de la ciudad de Mardakan.

En cualquier caso, la red de transporte público de la ciudad (metro y bus) parece funcionar de forma impecable, además de ser extremadamente económica. Y el transporte interurbano tampoco supone un gran reto, ya que la mayor parte de los puntos de interés están conectados por las marshrutkas, los minibuses de transporte colectivo típicos de los países exsoviéticos (aunque lo cierto es que lo único soviético es el nombre, ya que es una forma de transporte que, mutatis mutandis, se utiliza ampliamente en muchos otros lugares del mundo: desde los dolmuş turcos hasta los taxi-brousse africanos, pasando por los yipnis filipinos). 

La mayoría de estos vehículos (aunque no todos) funciona con una mecánica muy similar: no son de gran formato, suelen hacer una ruta fija, con paradas semiestablecidas, normalmente van sobrecargados, y no tienen horas fijas de salida ni llegada, sino que acostumbran a ponerse en marcha solamente cuando están llenos. 

Es muy posible que se deba a este aspecto en apariencia errático que Google Maps no los considere en sus búsquedas, o que, muy a menudo, la información que se puede encontrar en Internet sobre cómo desplazarse en un país determinado, incluyendo Azerbaiyán no los incluya, o lo haga solo de forma parcial. Los lugareños sí suelen conocer las rutas que cubren estos vehículos y, habitualmente, la mejor forma de desenvolverse es preguntando y usando cierto sentido común: si dos lugares relativamente importantes se encuentran en una misma carretera principal, normalmente estarán unidos por uno de estos vehículos.

Y de hecho, es gracias a ellos que cruzar Azerbaiyán de punta a punta hasta alcanzar, por ejemplo, Georgia es bastante fácil y económico, si uno sabe hacer las preguntas adecuadas. 

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