HIJOS DE HIROSHIMA: TURISMO, MEMORIA Y LOS RESTOS DE LA BOMBA ATÓMICA

Hijos de Hiroshima

El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, estalló la primera bomba atómica de la historia a 600 m de distancia del suelo de Hiroshima. Se calcula que, en el instante del estallido, perdieron la vida entre 70 y 80 000 personas, cifra que, aumentó hasta, posiblemente, 140 000 personas en los meses sucesivos a causa de la radiación, las heridas, las quemaduras, etc.

A escasos centenares de metros del hipocentro, se encontraban dos estructuras que resistieron con gallardía a los efectos de la bomba. La más importante posiblemente sea lo que hoy en día se llama genbaku dome, el edificio que, en su día, albergaba la Sala de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima.

Aparentemente, dado que la explosión se produjo justo encima del edificio, la fuerza del estallido llegó casi verticalmente, y eso permitió que se preservara gran parte de la estructura, la cual todavía es visible hoy en día.

Durante la ocupación americana de Japón, que finalizó el 28 de abril de 1952, el tema de las dos bombas atómicas lanzadas sobre la población civil japonesa era tabú en todas las áreas de la cultura y la información. Pero, el 6 de agosto de ese mismo año, fecha conmemorativa y con los americanos ya relativamente fuera del mapa, se estrenó la película Los niños de Hiroshima (Genbaku no ko - 原爆の子). No es coincidencia que la palabra genbaku se repita en el título ya que significa “bomba atómica”.

La fotografía de la película es devastadora: en estilo documental, las cámaras filman y muestran, seguramente por primera vez, una Hiroshima todavía arrasada por la bomba, incluyendo el tristemente famoso genbaku dome, produciendo, necesariamente, en el espectador, un efecto abrumador.

Como es de esperar, la cultura japonesa, en muchos aspectos, ha girado en torno a la tragedia de las dos bombas atómicas: la película Rapsodia en agosto (Hachigatsu no kyoushikyoku- 八月の狂詩曲), de Akira Kurosawa; el libro Lluvia negra (Kuroi ame - 黒い雨), de Masuji Ibuse y la no menos brillante adaptación cinematográfica de Shohei Imamura; el libro Cuadernos de Hiroshima (Hiroshima Nooto - ヒロシマ・ノート), de Kenzaburo Oe; o el manga Pies descalzos (Hadashi no Gen - はだしのゲン), de Keiji Nakazawa, por poner unos pocos ejemplos, son buena prueba de ella.

Así, resulta imposible acercarse al genbaku dome sin tener una sensación de encontrarse uno ante un lugar casi sagrado. Esto es, si la palabra “imposible” existiera en el vocabulario del turista moderno.


Durante mi visita al genbaku dome en mayo de 2024, mientras intentaba, con muy poco éxito, organizar mis propias emociones, se acercó un grupo de turistas. Unas cuantas chicas jóvenes encontraron que era el lugar ideal para hacerse fotos poniendo morritos y formando corazoncitos con las manos. Imagino que no sabían dónde estaban realmente, lo que hace que uno se pregunte: “Y entonces, ¿qué demonios hacían allí?”.

¿El objetivo de viajar no era crearse uno una experiencia única e intransferible de los lugares visitados? No significa esto que todo lo que uno haga durante un viaje tenga que ser único y especial. Pero sí debería permitirse que fueran los lugares los que dicten la experiencia, y no a la inversa. Si ir a Hiroshima es lo mismo que quedarse en la propia localidad (con sus Starbucks, brunch y fotos miméticas para Instagram) quizás resulte más económico quedarse en casa.

Personalmente, entiendo el viaje como una experiencia que debe incluir el descubrimiento, la incógnita, y eso solo se puede obtener sumergiéndose en los lugares que se visita con una mezcla de información y desinformación. Es el diálogo que se genera entre estos dos aspectos lo que produce la experiencia personal, tan individual como las huellas dactilares, y tan necesaria, también, en este mundo aplastado por el exceso de turismo y la gentrificación.

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